julio 10, 2007

El Pendenciero

Todas las mañanas era lo mismo. El viejo Raúl despertaba por culpa de algún camión que hacia crujir el puente sobre su casa. Lo que había construido era pequeño, pero lo llenaba de orgullo. A punta de cartones y latones que recogía durante las noches con su triciclo levantó un lugar donde guardaba su colchón, una pequeña radio am a pila, un diccionario de la lengua española, una olla para sus perros, otra para él y por último, un gastado afiche colgante con la foto del equipo de sus amores, Cobreloa formación 1981. Le gustaba visitar la Quinta Normal y alimentar con alguna sopaipilla a los perros vagos. Apostaba partidas de ajedrez y disfrutaba como nadie comer los platos en el bar del Huaso Carlos. No soportaba a la policía y muchas veces terminó en alguna comisaría por su personalidad desafiante frente a los que el mismo llamaba la vergüenza del pueblo.
Conocía y hablaba con mucha gente, pero tenía sólo un amigo, Don Casimiro Lastra. Caballero de 57 años, sagradamente bien vestido y con una clara debilidad por las botellitas de Cacao. Ambos habían llegado del norte y su amor por la libertad (más bien por las borracheras) fue lo que los tiró finalmente a la calle. Sobre sus vidas pasadas sólo conversaban entre los dos, ya que es muy mal visto el vagabundo que anda por ahí llorando aquellos tiempos en que tuvo una casa, un sueldo y una familia. Ninguno conocía su destino, por lo que tampoco perdían el tiempo hablando del futuro.
Se les podía ver caminando por Yungay, donde siempre fueron respetados, o perdidos en cualquier plaza donde encontraran una banca y espacio para compartir el vino en caja, o en bolsa cada vez que se desconocía lo que había pasado con el poco dinero. Seguramente lo gastamos en el mismo trago que ahora no nos deja recordarlo pues viejo, reían. Eran compadres, yuntas y se llamaban entre sí, perro. Innumerables veces se vieron en peleas por prestar ayuda o porque ya totalmente osaba alguien en emputecerlos. Raúl había sido boxeador y Don Casimiro Lastra venía del ejército, no cualquiera se metía con ellos pues a pesar de sus años y el estado en que se mantenían por el alcohol, sus puños eran aún de hierro y su habilidad con los cuchillos (aprendida seguramente por los Miranda) podían cortarle la respiración a cualquier ingenuo que no había escuchado de los perros y su admirable cultura callejera llena de historias realmente vividas y después contadas. Ellos si que son leyenda, se comentaba.
Habían noches en que un grupo de niños, algunos lanzas otros pasteros, visitaban al viejo Raúl para que les permitiera hacer fuego ahí bajo el puente a cambio de un diario, unos cigarros sueltos o un retazo de ropa. Mientras afuera los cabros chicos hacían rap y fumaban en sus pipas el se recostaba con sus ideas e inevitablemente recordaba a sus hijas y todo lo que amaba de cada una de ellas. Siempre lo habían conmovido los más chicos. Este era un viejo sabio y cada vez que se lo pedían, compartía su presencia y sus palabras con los niños que el sabía merecían algo mucho más digno que estar ahí afuera; viviendo la segregación pura y sintiendo, hasta el fondo de los huesos, ese maldito frío.
Un día de fin de semana, que Chile increíblemente ganaba en el fútbol, despertó mal humorado porque las bocinas de celebración ya le habían provocado un dolor de cabeza. Tomó unas piedras y desde el borde del río donde estaba su casa subió hasta el cerro para apedrear a "todos esos patriotas hijos de perra que sigan con el infernal ruido". Llevaba una cuenta de casi 6 autos cuando oyó desde los matorrales gritos de una mujer rezando por ayuda. Se desconcertó cuando pudo escuchar los golpes e hizo sonar sus nudillos como preparándose ya para el infortunado que se lo topó con rabia. Sigilosamente se acercó y comprobó que efectivamente el tipo sostenía a una persona, pero su impresión y absolutamente todo cambió cuando vio que el maldito estaba sobre una niña de no más de 12 años. No se contuvo más de 3 segundos cuando se abalanzó sin pensar en nada sobre su presa, dejándolo bañado en sangre y esperando oír su llanto que rogaba el cese de sus golpes. Lo azotó con la misma fuerza que tenía en aquellos años sobre el ring y mirándolo fijamente, le dijo con voz dura:
- Escúchame bien conchetumadre. Soy el viejo Raúl y hoy te perdonaré la vida. Aunque ahora mismo debería dejar que tu miserable cuerpo se lo llevara el Mapocho, no lo haré porque ya suficiente has traumado la mirada de esta pequeña. Si te vuelvo a ver tratando de hacerle algo o simplemente cerca de mi vista voy a descuerarte con los cuchillos que guardo y vas a ser comida para todas las ratas que me acompañan y necesitan comer basura.
Golpeándolo por última vez repitió como última cosa:
- Y dile a todos los asquerosos que conoces y pervertidos como tú que se anden con mucho cuidado. Y ojo, miedo también. Porque a estos niños los protego yo, Raúl el Pendenciero. Desaparece, estás en mis calles.
Tomó a la niña que no cambiaba su mirada atónita y la saco de ahí. Sin pronunciar palabra camino y camino, la hechó en su casa y mientras el preparaba una leche tibia para acompañar con arroz quemado y el último tarro de sardinas que guardaba mandó a su perra más fiel, la Yorka una madre intrínsica, dentro de la choza para que acompañara y consolara a la pequeña. Antes de entrar con la comida, prendió el cigarro más fuerte que tenía y lloró para sí mismo pues pensó que nadie defendería a sus hijas de un ataque tan parecido a lo bestial allá donde vivían ellas, en la solitaria pampa.
La niña al verlo entrar miró con desconfianza a este extraño viejo que había observado unas cuantas veces en las noches de fogata. Raúl le acercó lo preparado y con voz de increíble serenidad sólo le dijo, come. Sin palabras, ella se devoró todo lo que traía el plato y el viejo pudo entonces notar que también la niña dormía en alguna acera pues su mirada revelaba el hambre que la acompañaba hace meses.
- ¿Eres un ángel?
Interrumpió el silencio con su inocente pregunta.
- Un ángel no viviría en un lugar como este, yo soy un perro de la calle y no tengo nada que ver con alas blancas.
A lo largo que pasaba el tiempo y sin notarlo, la pequeña Beatriz y el viejo Raúl, comenzaron a fluir sus caminos y al poco tiempo se volvieron lo más parecido a una familia que el viejo había tenido hace casi 15 años. Ella, que vivía en una caleta junto a más niños contaba alucinada a sus hermanos como con su nuevo viejo tenían el sueño de quizás algún día tener un carro de sopaipas y que ahora si podrían vivir tranquilos porque de verdad habían conseguido un protector, un real perro guardián. El, por su parte, contaba a un alejado Don Casimiro Lastra que había vuelto a creer en todo, que esta niña lo levantaba después de tantos años esperando que la calle le quitara la vida y que ahora sostenía mucho más su tesis de que las casualidades no existían.
Ambos reunían algo de plata con los robos de Beatriz y las esforzadas noches del viejo Raúl pedaleando por el Santiago violento buscando cartones y fue a la vuelta de una de estas mismas noches la vez que este hombre vio nublado todo su ser y se enfrentó por primera vez a alguien que si podía darle pelea. Llegó por donde siempre y notó que el chico rubio del grupo de su pequeña lo llamaba desesperado.
- Qué pasó caldoechoro?
- Venga rápido. Yo no sabia... los cabros se fueron hace rato... me dejaron solo y yo no pude... yo quería defenderla viejo!... pero el
- Vas hablar de una vez mierda!?
- El Casimiro tiene a la Bety, hace mucho rato se la llevo pa donde estan esos neumáticos y...
Antes que terminara sus palabras el viejo Raúl corrió a su casa, sacó dos cuchillos y caminó dispuesto a encontrarse con su ex hermano. Y digo ex porque desde el momento en que alguien intentara hacerle algo a "sus ojos" se volvía hombre muerto. Libró a su hija de un borracho casi irreconocible y con lágrimas de inmensa rabia y dolor, comenzó a aniquilar a quien fuera su único amigo en todo el mundo. Tiró a sus perros encima, que lo mordieron sin compasión, para después golpearlo al punto de dejarlo sin respirar. Raúl no pensaba en nada, lo único que lo invadía era un instinto y era el de matar. Recordó lo que dijo a ese hombre en el cerro y con sus cuchillos comenzó, literalmente, a filetear el cuerpo de su antiguo compañero de andanzas. Por un momento se retuvo, pero pasados unos minutos siguió descuartizando a Casimiro que ya yacía muerto en un charco de sangre. La lucha de los dos perros había finalizado como en todo honorable duelo, con un vencedor pero lo que menos sentía por dentro el Pendenciero, era orgullo.
Luego de verse a si mismo ensangrentado, cayó en un estado de inconsciencia y bebiendo todo lo que se le puso enfrente se perdió por más de un mes del río, de sus niños y de sus calles. No recordaba nada y eso precisamente lo que buscaba. Días y noches sin rumbo lo mandaron cierta vez de vuelta al Parque de Los Reyes donde lo encontró su única hija ya repuesta de ese último ataque. Lo abrazó para poder hablarle y el viejo sintió que su voz era lo mismo que oír la paz que inundaba su pobre Norte.
- Gracias viejo, me salvaste una vez más. Mi viejo perro, que orgullo me das!
- Quiero morir mi niña y lo peor, es que no se por qué esto me aflige - recalcó angustiado
- Porque ahora existe alguien. Porque eres fuerte… no lo sé. No mueras hoy papá, la calle te necesita.
- Tu no crees que soy un monstruo?
- No, ya te lo dije. Tu eres un ángel.
Caminaron juntos hasta la choza, sus compañeros con 4 patas movían desesperadamente las colas y saltaban a su alrededor demostrando la alegría que sentían con el regreso del amo. Esta vez fue Beatriz la que lo recostó y preparó comida. El viejo miró el pasado y pensó como sería su vida en otro lugar, pero por más que lo intentó no pudo. Se levantó como siempre y más fuerte que antes, nunca le había importado su pobreza y menos ahora que al fin tenia compañía. Estaba dispuesto a volver a mostrar los dientes como el perro que era para defender a alguno de los suyos y fue desde entonces cuando disminuyeron los niños de la caleta maltratados por sucios cobardes, ya que para defenderse los niños amenazaban con que los iría a buscar el viejo Raúl. Y los encuentra a todos! gritaban intimidando.
Soy el Pendenciero, repite hoy cuando llega a algún lugar donde un abusador se cree capaz de desafiarlo e inmediatamente las miradas son cambiadas a unas de profundo respeto. Dicen que si te cruzas con el debes detenerte a escucharlo. Puedes tener la suerte de que te enseñe algo de lo que el también aprendió un día. En la escuela del hambre, el frío, los golpes, la sangre y la muerte. Porque así señores, así es la calle. Para los valientes.

4 comentarios:

mepusieronblas dijo...

raúl
lxs chicxs siempre te amaremos!

Rodrigo dijo...

Oi, achei teu blog pelo google tá bem interessante gostei desse post. Quando der dá uma passada pelo meu blog, é sobre camisetas personalizadas, mostra passo a passo como criar uma camiseta personalizada bem maneira. Se você quiser linkar meu blog no seu eu ficaria agradecido, até mais e sucesso. (If you speak English can see the version in English of the Camiseta Personalizada. If he will be possible add my blog in your blogroll I thankful, bye friend).

tomás dijo...

mi abuelo podría ser perfectamente el pendenciero no crees? se lo voy a leer a ver que dice.

un beso-beso!

feriAna dijo...

weona siempre me gusta leer tus cosas.

anda a verme po, maraca.

besssos.