noviembre 11, 2009


Amaneciendo, me levanté de la cama cuidando que mamá no despertara. La pieza estaba fría, a pesar que en ese lugar el aire pesa y ahoga. Acerqué mi cara a la suya para obsevar su expresión dormida. Me pareció que cada día se volvía más triste, más cansada... que atrás iba quedando ella, como un recuerdo, como una hoja caída de otoño.

Sobre la cabecera de su cama, en la pared gastada de la habitación, colgando están nuestras fotos de algún verano lejano en Quintero, yo con chalas y un balde azul, ella con traje de baño y un sombrero grande que cubría toda su cabeza, sentada sobre la arena con una sonrisa alegre que hablaba de belleza y pura vida.

El que nos tomaba fotos era Pedro, mi último papá. Cuando el se fue mamá no quizo levantarse más, escondiéndose del sol y dejándose morir de amor.

Besé su frente y entreabriendo los ojos respondió con una sonrisa, como todos los dias preparé su desayuno con leche y mermelada que le llevé a la cama, ahí sobre la bandeja junto al azúcar, acomodé una ramita de albahaca recién cortada.

- Ay pero que linda la albahaca! -- Y acercándola a su nariz lanzó un suspiro. En el mismo momento que pensaba lo hermosa que era, su mirada se extravío en algún lugar de la pieza, quedándose quieta largo rato, sin pronunciar palabra, respirando apenas. Secándole la mejilla, tome su mano diciéndole:

- Aquí esta tu desayuno mamá.

noviembre 03, 2009

Desde la sala de clases
ruge el hambre y la ignorancia,
caritas sucias sonriendo como
ramitos de cedrón al sol.


entre zapatos rotos y libros marchitados
se pasea la bandera de esta patria ingrata,
inyectando heroes aristócratas a esas vidas inquietas
abusadas por un desfile de números y batallas sangrientas
donde se asesinó al hermano andino y donde aun se pretende ahogar el grito del mapuche
que avanza entre el viento y la noche confundiéndose en el latir de aquellos pobres niños adormecidos por un sistema egoista y esclavizante,
pero no capaz de arrebatarle a ellos la ternura y calma de sus ojos,
esos mismos ojos que corren y juegan por los bosques del pehuén
en la cara sucia de otro niño
que sonrie sin saber tanto dolor, sangre e injusticia que baña esta tierra triste
huendiéndose en lo más al sur del mundo.